el piso torcido: la mudanza

Teníamos tiempo de sobra. No parecía que tuviésemos muchas cosas. Éramos jóvenes y fuertes. Iba a ser pan comido. Peeeeero al final fueron unos siete infernales viajes en coche a horas bastante intempestivas llevando la mierda que teníamos en un piso al otro.

Pra evitar atascos, decidimos que lo mejor era hacer los viajes de noche. La primera, con un entusiasmo desmedido, empezamos a las once y terminamos a las tres de la madrugada. Unos 3 viajes si no recuerdo mal, perdiéndonos, cagándonos en todo y preguntándonos para qué cojones querríamos tanta mierda.

Cajas y más cajas Si el primer día terminamos hasta la polla, en el segundo las ganas de cortarnos las venas –del modo adecuado– crecieron exponencialmente. Más mierda, mucha más mierda. Otros tres viajes.

Dejamos la cocina para el último día. Total, no teníamos platos, ni vasos. Tampoco utensilios de cocina ni cubiertos. Sólo algo de comida caducada en los armarios y podrida en la nevera. Pese a todo conseguimos llenar el coche con uno de los bienes más preciados de Pelón: el jamón.

En una mudanza siempre se pierde algo, no importa que la hagas tú o la hagan por ti. De 7 viajes de mierda, con el coche lleno de cajas de mierda, no perdimos nada. Somos unos cracks.

Bueno, dejamos el jamón en un banco delante de casa como ofrenda, para los espíritus del barrio. A Pelón le hizo muy feliz el tema.