gustavo y stewie

Hace un par de años surgió un vídeo bastante escatológico en el que dos tiernas adolescentes saboreaban un dulce, dulce helado de chocolate. Para el que lo quiera, google devuelve más de millón y medio de página buscando 2 girls one cup.

El tema es que el vídeo es tan asqueroso, que no sólo se expandió como la pólvora, sino que se puso de moda grabar a la gente para ver sus reacciones al verlo. Hay cientos en internet, yo he rescatado un par de ellas:

Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo:

eat that shit!!

Stewie Griffin, de Padre de Familia

they seem lesbian…

crazy nights

  • Pintura para la cara:  10€
  • Parasoles de coche:  12€
  • Camisetas rockeras: 40€
  • Pelucas horteras:      12€
  • Pulseras de Pinchos: 20€
  • Mallas ajustaícas:     16€
  • Guitarras hinchables:15€
  • Tambor (yeah!):           3€

Los KISS jugando al futbolín…

Kiss jugando al futbolín

… no tienen precio.

historias matutinas

Esto es un correo de Fer, mi compañero de piso enviado para alegrarnos la mañana:

Una ducha es una ducha, sí, pero NO.

Cada ducha es distinta y única. Ayer estaba limpiando la ducha del piso viejo y el agua salía uniforme, con fuerza, no se cortaba (debe ser algo así como conducir un Ferrari). Si la comparaba con nuestra nueva ducha, las diferencias saltan a la vista. No se a vosotros, pero ducharme en el piso nuevo cada día es una aventura. Aunque tambien, afortunadamente, cada día sufro menos:

Lunes por la mañana. Le doy al agua caliente; no está caliente, está a punto de hervir. Abro el agua fría. Calculo mal y se enfría demasiado. Después de dos minutos calibrando, llego a la temperatura pseudo-ideal (Demasiado caliente). Me meto en la ducha. Casi le pego un cabezado a la alcachofa de la ducha. Eso me hace pensar en quien ostias vivía antes en nuestra casa – seguramente unos pigneos folladores (lo de folladores lo digo por el condón encontrado en un cajón de mi habitación). Me enjabono. Me pongo casi en cuclillas y me meto debajo de la ducha para quitarme el jabón. Se me enfría el agua -empiezo a dar saltos como un gilipollas, el agua fría jode mucho-. Termino quitándome el jabón despacito y con la mano. Acabo de ducharme.
Sigue leyendo

el piso torcido: sí, está torcido

Desniveles de más de 4º en algunas habitaciones. En concreto, la mía.

Para el que nunca haya visto un transportador pondré algún ejemplo. El Tourmalet, uno de los puertos de montaña míticos del Tour de Francia, tiene en sus rampas más duras, un 10% de desnivel. Es decir, nuestro piso esconde rampas en las que un ciclista sin chutarse las pasaría putas.

Dejo un dibujito para que se vea claro:

4 grados

y hemos vivido un año aquí… con dos cojones!

el piso torcido: la mudanza

Teníamos tiempo de sobra. No parecía que tuviésemos muchas cosas. Éramos jóvenes y fuertes. Iba a ser pan comido. Peeeeero al final fueron unos siete infernales viajes en coche a horas bastante intempestivas llevando la mierda que teníamos en un piso al otro.

Pra evitar atascos, decidimos que lo mejor era hacer los viajes de noche. La primera, con un entusiasmo desmedido, empezamos a las once y terminamos a las tres de la madrugada. Unos 3 viajes si no recuerdo mal, perdiéndonos, cagándonos en todo y preguntándonos para qué cojones querríamos tanta mierda.

Cajas y más cajas Si el primer día terminamos hasta la polla, en el segundo las ganas de cortarnos las venas –del modo adecuado– crecieron exponencialmente. Más mierda, mucha más mierda. Otros tres viajes.

Dejamos la cocina para el último día. Total, no teníamos platos, ni vasos. Tampoco utensilios de cocina ni cubiertos. Sólo algo de comida caducada en los armarios y podrida en la nevera. Pese a todo conseguimos llenar el coche con uno de los bienes más preciados de Pelón: el jamón.

En una mudanza siempre se pierde algo, no importa que la hagas tú o la hagan por ti. De 7 viajes de mierda, con el coche lleno de cajas de mierda, no perdimos nada. Somos unos cracks.

Bueno, dejamos el jamón en un banco delante de casa como ofrenda, para los espíritus del barrio. A Pelón le hizo muy feliz el tema.

el piso torcido: los inicios

Fue hace ahora 11 meses cuando Pelón llegó a una empresa de hijos de puta inmobiliaria -que por el bien de la humanidad se ha ido a tomar por el culo ha cerrado- para ver un piso que tenía buena pinta. Se lo enseñó la maciza de la agencia, junto a un grupo de otras ocho personas y se fue. Me llamó, me dijo que le convencía y nos fuimos de bares. A eso de la una de la mañana, volviendo a nuestra desangelada casa de Legazpi, se metió la mano en el bolso y sacó las llaves del piso que con malas artes accidentalmente se había llevado… porque nos pillaba a tomar pol culo, si no, hubiéramos ido a verlo.

A primera hora del día siguiente llamó a la inmobiliaria comentando que nos convencía el piso y que, ejem, si habían echado en falta las llaves… Tranquilamente nos dijeron que, claro, con la tropa de rumanos del piso de arriba pensaron que no era buena idea dejar la puerta abierta y cambiaron la cerradura. Nosotros, como siempre, haciendo amigos.

Unos días después nos llamaron para firmar el contrato en la empresa de hijos de puta agencia, donde nos esperaba un entrañable anciano, que amenazaba con dejar de respirar en cualquier instante.

Tras desembolsar un pastizal, firmamos un contrato cutrísimo (por dios, si en Internet hay modelos de contratos de alquiler mil veces mejores!) y  nos dieron las llaves del piso. Aunque en teoría no podíamos ir aún -el contrato no se hacía efectivo hasta unos días más tarde-, qué ostias, teníamos ganas de ver el piso otra vez para ver si olvidábamos nuestras penurias sin platos ni  cubiertos del piso de Legazpi. Después de 20 minutos intentando abrir la puerta -Natalia y Lurdes saben de qué hablo-, conseguimos entrar. ¡¡Qué bonitas eran aquellas bragas rosas tendidas en la cocina!! Y las mochilas por el piso. Y los armarios llenos de ropa. Y la cocina con comida… Como somos gente con estudios, llegamos a la conclusión de que había gente viviendo allí y nos largamos cerrando la puerta suavecito, suavecito.

Volvimos el día que marcaba nuestro contrato, y, para desgracia del fetichista que hay en mí, ya no estaban las bragas rosas, pero al menos no había nadie viviendo allí.