historias matutinas

Esto es un correo de Fer, mi compañero de piso enviado para alegrarnos la mañana:

Una ducha es una ducha, sí, pero NO.

Cada ducha es distinta y única. Ayer estaba limpiando la ducha del piso viejo y el agua salía uniforme, con fuerza, no se cortaba (debe ser algo así como conducir un Ferrari). Si la comparaba con nuestra nueva ducha, las diferencias saltan a la vista. No se a vosotros, pero ducharme en el piso nuevo cada día es una aventura. Aunque tambien, afortunadamente, cada día sufro menos:

Lunes por la mañana. Le doy al agua caliente; no está caliente, está a punto de hervir. Abro el agua fría. Calculo mal y se enfría demasiado. Después de dos minutos calibrando, llego a la temperatura pseudo-ideal (Demasiado caliente). Me meto en la ducha. Casi le pego un cabezado a la alcachofa de la ducha. Eso me hace pensar en quien ostias vivía antes en nuestra casa – seguramente unos pigneos folladores (lo de folladores lo digo por el condón encontrado en un cajón de mi habitación). Me enjabono. Me pongo casi en cuclillas y me meto debajo de la ducha para quitarme el jabón. Se me enfría el agua -empiezo a dar saltos como un gilipollas, el agua fría jode mucho-. Termino quitándome el jabón despacito y con la mano. Acabo de ducharme.
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