el piso torcido: los inicios

Fue hace ahora 11 meses cuando Pelón llegó a una empresa de hijos de puta inmobiliaria -que por el bien de la humanidad se ha ido a tomar por el culo ha cerrado- para ver un piso que tenía buena pinta. Se lo enseñó la maciza de la agencia, junto a un grupo de otras ocho personas y se fue. Me llamó, me dijo que le convencía y nos fuimos de bares. A eso de la una de la mañana, volviendo a nuestra desangelada casa de Legazpi, se metió la mano en el bolso y sacó las llaves del piso que con malas artes accidentalmente se había llevado… porque nos pillaba a tomar pol culo, si no, hubiéramos ido a verlo.

A primera hora del día siguiente llamó a la inmobiliaria comentando que nos convencía el piso y que, ejem, si habían echado en falta las llaves… Tranquilamente nos dijeron que, claro, con la tropa de rumanos del piso de arriba pensaron que no era buena idea dejar la puerta abierta y cambiaron la cerradura. Nosotros, como siempre, haciendo amigos.

Unos días después nos llamaron para firmar el contrato en la empresa de hijos de puta agencia, donde nos esperaba un entrañable anciano, que amenazaba con dejar de respirar en cualquier instante.

Tras desembolsar un pastizal, firmamos un contrato cutrísimo (por dios, si en Internet hay modelos de contratos de alquiler mil veces mejores!) y  nos dieron las llaves del piso. Aunque en teoría no podíamos ir aún -el contrato no se hacía efectivo hasta unos días más tarde-, qué ostias, teníamos ganas de ver el piso otra vez para ver si olvidábamos nuestras penurias sin platos ni  cubiertos del piso de Legazpi. Después de 20 minutos intentando abrir la puerta -Natalia y Lurdes saben de qué hablo-, conseguimos entrar. ¡¡Qué bonitas eran aquellas bragas rosas tendidas en la cocina!! Y las mochilas por el piso. Y los armarios llenos de ropa. Y la cocina con comida… Como somos gente con estudios, llegamos a la conclusión de que había gente viviendo allí y nos largamos cerrando la puerta suavecito, suavecito.

Volvimos el día que marcaba nuestro contrato, y, para desgracia del fetichista que hay en mí, ya no estaban las bragas rosas, pero al menos no había nadie viviendo allí.

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